Experimento 2: Globo de Aire Caliente parte 2.

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Me tomó demasiado tiempo retomar la segunda parte de esta crónica, pudo ser por pereza, por ocupaciones alternas, por desilusión. Pero aquí estoy, con las manos en las teclas. Empiezo por el final: tras varios intentos (uno, dos, tres y hasta cuatro) por lo demás fallidos, ninguno de los globos construidos alzó el vuelo. En tal caso puede considerarse este experimento no como incompleto, sino como desafortunado. Me dispongo pues a narrar (completa o incompletamente) cada uno de estos intentos que al fin y al cabo serán (al menos) anécdotas para llenar momentos incómodos de silencio en reuniones obligadas.

Los primeros dos intentos, es decir los primeros dos globos, resultaron de un esfuerzo coordinado entre mi mamá y yo. Entre los papeles de seda de colores escogí aquellos en tonalidades azules (¡obviamente!) y mi mamá optó por tonalidades cercanas al rosa y al lila (¡ídem!). Por lo general los papeles de seda se venden en pliegos de tamaños similares más no estandarizados. Para armar el globo de aire caliente con el patrón preestablecido fueron necesarios cuatro pliegos o en su defecto dos pliegos cortados en la mitad. Los planos deben ser cortados siguiendo una forma geométrica particular, una especie de trapecio alargado, es decir a cada lado del rectángulo que forma el plano deben rebanarse triángulos que deduzco isósceles.

Para agilizar el trabajo y buscar la máxima precisión posible apilamos los pliegos uno sobre otro y con la ayuda de clips, ganchos o cualquier otro objeto “sujetador” cortamos los triángulos, después de haber realizado las respectivas mediciones (cuyos vestigios fueron marcas imperceptibles a lápiz). Si el que corta tiene un pulso admirable, los bordes de la figura permanecerán lisos, caso contrario se formaran intentos deformes de zigzags.

El proceso de armado, es recomendable realizarlo a dúo, porque el uso del pegamento blanco untado en los dedos puede volverse desastroso. Sobre una superficie amplia, lisa y cubierta de papel periódico extendimos dos de las piezas trapezoides. En el borde de una de ellas colocamos un hilo (lo más fino posible) de pega blanca, con ayuda del dedo se lo esparce para que no quede espacio alguno sin pegamento en la zona limítrofe de la pieza, y se lo adhiere a uno de los dos extremos de la otra pieza. Repetimos el paso con las dos piezas sobrantes.

Una vez seco el pegamento, juntamos (nuevamente utilizando hilos milimétricos de goma blanca) los bordes libres de las piezas para formar una trapecio tridimensional con las caras superior e inferior ahuecadas. Cubrir el espacio vacío de mayor extensión (con un pedazo de papel seda de medidas levemente superiores) resultó más complicado aún. Fue después de este paso que el globo cobró su forma final, cuando de verdad pareció que podría alzar el vuelo y perderse en el cielo. Para evitar cualquier contratiempo debimos asegurarnos de que no existieran perforaciones o roturas (ni siquiera mínimas) en toda la superficie de ambos globos y cuando detectábamos alguna la parchábamos con pedacitos de papel de seda.

Con el alambre más delgado que pudimos encontrar armamos dos estructuras circulares que contendría un paño de algodón con combustible, por medio del cual se generaría el calor suficiente para levantar el globo. Otra vez con pegamento blanco unimos las estructuras a cada uno de los globos, solo debimos esperar a que secaran para proseguir con el “despegue”.

Mencioné anteriormente que debía utilizarse un paño de algodón remojado en combustible, dato que no tomé en cuenta para el primer intento de vuelo. Agarré un pedazo de tela que encontré refundido en la bodega. De color turquesa, parecía tener la extensión suficiente para que lograr que el globo se elevara. Sería el globo color azul el que partiera primero. Remojamos el paño turquesa en un líquido que según los datos de la etiqueta advertía que era altamente inflamable, no era combustible, pero serviría.
El famoso paño turquesa estaba hecho de fibras sintéticas que en lugar de mantenerse prendidas se derritieron y cayeron al césped de mi jardín trasero en forma de gotas de cera caliente. Primer intento, el globo no se elevó.

De la misma bodega obtuvimos una considerable cantidad, no precisamente de paño de algodón, pero de una prenda de algodón utilizada en tiempos pasados por alguno de los habitantes de la casa. Dicho pedazo remojado en el líquido altamente inflamable ardió de tal manera que las caras laterales del globo trapezoide se inflaron, segundo intento y el globo parecía que se iba, se iba. De pronto: el caos. Una ráfaga de viento provocó que una de las caras “se inflara hacia el interior” y en menos de 10 segundos el globo ardió, cayó al césped y murió destrozado a pisotones al ritmo de gritos de pánico.

Días después, le llegó la hora al globo de colores rosa y lila, mismo que si llegaba a alzarse resultaría particularmente llamativo. Debo mencionar, que por cavilaciones poco lógicas de mi mamá, el globo era de poco más de la mitad del tamaño que el globo azul, que en esos momentos reposaba en la basura. Como supuse, aunque tenía la esperanza de estar equivocada, el globo no logró levantar el vuelo. Al ser tan pequeño, la masa calorífica generada no era la precisa para lograr que flotara en el aire.

Al no quedar más globos por probar, para el cuarto intento fue necesaria la construcción de un tercer globo, mismo que compartía el color de su primer antecesor (azul) pero lo duplicaba en tamaño. Ante los fracasos anteriores lo más lógico fue pensar que se necesitaba una cantidad mayor de aire caliente y “voilá”. Por instantes mientras sostenía el globo por las esquinas y veía como sus caras se inflaban más y más (y en mi mente lo veía sobrepasando la altura de las ramas de los árboles que me rodeaban) pensé que la cuarta era la vencida. Al soltarlo se mantuvo en el aire, a una altura visiblemente superior a mi estatura, por algunos segundos, diez o quince, y bajó hacia el suelo mecido por el viento.

Conclusiones:

  • Sigo creyendo que mientras más grande el globo más posibilidades existen que de que se eleve, tal vez la próxima vez deba hacer un globo tamaño humano promedio o inclusive un globo tamaño casa promedio.
  • Si en las instrucciones mencionan que se debe usar una tela o paño de algodón, lo que se utilizará será de algodón y solamente algodón.
  • Los consejos de un experto-loco en globos de aire, de esos que tienen miles y miles de globos de aire perfectos guardados en la bodega de su casa, no me hubieran venido nada mal.

 

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Experimento 2: Globo de Aire Caliente, parte 1.

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Cuando era pequeña, es decir cuando estaba aún en edad escolar, recuerdo que viajaba con frecuencia a Ambato, ciudad natal de mi mamá y por ende de toda su familia. Nos reuníamos en la vieja hacienda en Quinchicoto, que perteneció a los abuelitos paternos de mi mamá. Eran grandes reuniones familiares porque congregaban a familiares provenientes de distintos lugares del país. Cada una de estas reuniones culminaba con un evento especial y particular: el lanzamiento de un globo de aire caliente.

Durante la reunión el globo permanecía doblado sobre alguna mesa. Cuando la luz del sol comenzaba a debilitarse, mi abuelito y sus hermanos desplegaban el globo y ayudados de un poco de gasolina, encendían la mecha. Poco a poco el globo cobraba tamaño, hasta inflarse en su máxima extensión y posteriormente elevarse hacia el cielo nublado. Por minutos todas las miradas permanecían fijas en ese punto colorido que contrastaba con el unitono del firmamento.

De este recuerdo de mi niñez nace el segundo experimento que narraré en esta crónica. Los globos de aire caliente elaborados con papel pueden comprarse o fabricarse de forma casera. La primera opción asegura un ascenso casi perfecto; la segunda opción, aunque implica un arduo trabajo (y si el resultado es positivo) implica una gran satisfacción. Son algunas páginas de internet y videos tutoriales los que ofrecen instrucciones más o menos claras para elaborar un globo de aire caliente casero. Si bien las instrucciones resultan útiles y desenmarañan de alguna manera el panorama de acción, la práctica y la propia intuición juegan un papel importante en la construcción del globo.

Estos globos de aire caliente, a los que hago referencia continuamente, son conocidos también como linternas voladoras o de luz, mismas que se volvieron populares en las bodas asiáticas y en la actualidad han ganado interés en los eventos occidentales y celebraciones en Asia (como el “Yi Peng Lantern Festival”). Originariamente las linternas de luz se empleaban en las regiones orientales de dos maneras: en tiempos de guerra eran utilizadas por las tropas chinas como señalización militar por su capacidad de ser vistas a millas de distancia; por otro lado, en tiempos de paz, servían para ganar favores de las deidades, enviar deseos y oraciones, alejar los malos espíritus, atraer y mantener la buena suerte (la medida de suerte que se esperaba tener resultaba directamente proporcional al tiempo que la linterna se mantuviera flotando en el cielo).

Adicional a “empaparse” de algunos conocimientos de cultura general y previamente a la elaboración de un globo de aire caliente, es ventajoso conocer cierta información básica de su funcionalidad. La elevación del globo se explica por un fenómeno físico sencillo, el aire caliente es más ligero que el aire frío (o templado) que rodea al globo. El fuego (de la mecha del globo) genera el aire caliente que éste requiere para elevarse. Otro punto relevante, que se debe tener en cuenta, es que el material utilizado para la construcción de los globos es en extremo liviano. Comúnmente se los elabora con papel de seda o papel china, claro que existen alternativas más verdes (farolitos ecológicos) que se exhiben materiales como el papel de arroz y el bambú. Una vez que el globo o linterna logra remontarse, el tiempo de vuelo, altitud y distancia que recorre dependen en gran medida de las condiciones metereológicas del día elegido para el despegue.

Después de haber abordado los antecedentes del experimento y de que el almacenaje de la información necesaria en el cerebro haya sido exitoso, es posible decir: “Manos a la obra”. El punto de inicio es el abastecimiento de los materiales requeridos: una amplia gama de papel seda (colores y motivos a gusto de los constructores de la obra manual), goma o pega blanca, tijeras, alambre delgado, un trapo o tela de algodón (que sea exclusivamente de algodón), sustancia inflamable (la que esté al alcance en ese momento), paciencia, concentración y exactitud. Como sugerencia útil anterior a la actividad manual en concreto, tratándose de una experiencia con altos márgenes de error, conviene realizar una prueba. En este caso particular, consistió en un modelo a menor escala y con materiales de reúso (hojas de papel bond usadas) de la forma aproximada que adquiriría el globo y la dificultad de armado del mismo.

Con toda la predisposición posible, armada del conocimiento adquirido y consciente de la torpeza de mis manos, tomé la tijera y dirigí vista a los papeles de seda que me esperaban ya esparcidos en la mesa….

(Nota: Atribución de las dos primeras fotos de la galería: http://www.flickr.com/photos/donmeliton/)

 

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Experimento 1: Flan de Avellana

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Este es un experimento inesperado, que cobró vida una tarde nublada cualquiera. En esencia y por sí solo no es precisamente un experimento como tal, de manera que su existencia queda confinada a la calidad de simple de receta de cocina sacada de una revista de postres. Es tal vez la historia que acarrea detrás la que la convierte en toda una experiencia y acaso ¿no es cada receta de cocina un experimento para chefs amateurs?
El flan es un postre que se prepara básicamente con huevos. Existen variedad de flanes como ingredientes se utilicen para su respectiva elaboración. Desde que era pequeña el flan se ha manifestado en mi mente como ese suculento postre con  forma de cono truncado, de apariencia delicada y color amarillo cremoso. Ésta es la misma imagen que se exhibe, hasta ahora, en los empaques de flanes en polvo Royal. Según mi lógica infantil el flan provenía de una caja y su ingrediente principal era ese polvo “especial” que al entrar en contacto con leche o agua y posteriormente con el ambiente del refrigerador, se convertía en esa maravillosa imagen que ostentaba su caja.
Transcurrieron años antes de que me interesara por explorar más que superficialmente los procedimientos culinarios y que obviamente dejará de pensar que los postres provenían de cajas y polvos “especiales”.  La historia del flan que preparé hace algunos días no se extiende más que hace algunas semanas atrás cuando mi mamá me obsequió una revista de postres, de las que son tan comunes en las estanterías de los supermercados. Desde ese día me autoimpuse una meta, que en ese momento me parecía probable y ahora no es más que un espejismo: realizaría al menos un postre, de los incluidos en la revista, cada semana.
Después de hornear un panqué marmoleado de considerable sabor, pero no tan distinguida apariencia, decidí probar mis aptitudes en la cocina con el flan de avellana ubicado en la página 19 debajo de la receta de tiramisú blanco. Tal como dicta el título de la revista “Postres Fáciles” y como se exhibe en letras grandes en la parte inferior de la portada “Paso a Paso”, imaginé que no tendría problema alguno en la ejecución de tan delicioso manjar.
Cada receta empieza por indicar el número de porciones, seguido por una lista de los ingredientes necesarios y por último el paso a paso de la preparación. Leí y releí ingredientes y pasos. Coloqué todo lo requerido sobre el mesón de la cocina, tal cual lo hacen los chefs en los programas de televisión, claro que sin esmero en la presentación. Así procedí con el primer paso: caramelizar el molde con el azúcar y el agua. Dicha acción presuponía la conversión del azúcar y del agua en caramelo, procedimiento que, reitero, es toda una hazaña para un aprendiz. Recuerdo aún la tarde entera que pasé parada junto al lavaplatos, fregando con una esponja de metal el fondo de una sartén recubierta de caramelo carbonizado.
En el primer intento me dejé llevar por una inexplicable intuición de que lo lograría desde el inicio,  una autoconfianza que aumentaba a la par con la temperatura del caramelo. Mezclaba y observaba las burbujas marrones y doradas que brotaban incesantemente. El resultado fue totalmente inverso a mi seguridad de éxito. El olor a caramelo quemado no tardó en inundar la cocina y el resto de la casa, rematando el asunto con una dolorosa ampolla naciendo en mi dedo pulgar izquierdo, producido por las altas temperaturas que alcanza el azúcar en el proceso de caramelizarse; así lo advierten (reiterativamente y en letras grandes) las recetas de caramelo que se publican en la Web. Mientras escribo ahora,  observo la ampolla endurecida que permanece en mi dedo hasta nuevo aviso, efecto de una lógica nublada por ciertas ideas de autosuficiencia culinaria y  una falta de conocimiento o visión.
Para el segundo intento fueron necesarios refuerzos. Con una herida latiendo en mi dedo, tomé el papel de directora y llamé a mi mamá como ayudante para el proceso manual y consulté en internet varias recetas de preparación de caramelo. Esta vez no resultó tan mal,  en lugar de caramelo obtuvimos trozos de azúcar de color mostaza claro, de una dureza admirable. Como bien aclama el dicho, la tercera fue la vencida y logramos (más o menos) caramelizar decentemente el fondo del molde.
Los pasos siguientes no se acercan en dificultad al primer paso. Simplemente se licuan la leche, el queso crema, la leche evaporada, los huevos y la crema de chocolates y avellana, para posteriormente cocerlo a baño María en donde el proceso de conversión tiene su origen. Intrigada por dicha conversión obtuve la siguiente información: al contacto con el calor indirecto la mezcla empieza a “cuajarse” (según el diccionario de ElPaís.com cuajar es convertir en sólido un líquido que generalmente contiene albúmina o materia grasa, al unir o trabar sus partes. En traducción simple cuajar es el paso de un estado líquido a un estado sólido o semisólido). La albúmina, en el caso del flan, se obtiene de las claras de los huevos, que a diferencia de los otros ingredientes no busca contribuir al sabor del platillo sino que interviene, más bien, en un proceso físico.
Dos horas y diez minutos después, de revolver la mezcla sometida al calor mínimo del baño María, al postre solo le restaba pasar por las etapas finales de enfriamiento y refrigeración. Más de 24 horas de refrigeración parecían suficientes para lograr firmeza y un desmolde perfecto. Lo que sucede es que la clave no está en el tiempo de refrigeración, sino en el tiempo de cocción. Los diez minutos que separaron el tiempo indicado en las instrucciones del tiempo real, causaron estragos en la presentación del flan. La historia se repite sabor adecuado y presentación defectuosa. Lo que en una revista o en una caja se pone a la vista de manera vistosa y elegante, terminó exhibiéndose  en un plato sobre el mesón de la cocina de mi casa con una consistencia muy parecida a un puré de papás acuoso tinturado de marrón claro.
Conclusiones:

  • El caramelo caliente deja huellas prácticamente imborrables en la piel humana, sobre todo en los dedos curiosos.
  •  El tiempo de cocción siempre superará (en su calidad de tiempo clave) al tiempo de enfriamiento o refrigeración, bueno, en el caso del flan.
  • No existe cosa tal como un “polvo especial”. Existe la albúmina (que se obtiene de las yemas de los huevos) o materias grasas que son detonantes del proceso de “cuaje” de un líquido.
  • Al momento de prepara algún platillo, sin importar su dificultad, lo específico de las instrucciones determinará el éxito en sabor y presentación.

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